Atlántico

 

 

Yo caminé por tus playas

como un cielo nuevo

y me entregué a tu violencia

como a un nuevo nacimiento.

Yo estuve en tu Punta Arenas

una tarde sin sosiego.

Anclada en una ensenada

de soledad y silencio.

Tus playas se me aparecen

esta noche de pena,

centelleando en las sombras

como pintadas con fuego.

 

Triganá, bahía rubia

con sus bosques de misterio.

Playa Rufino, sirena 

soberana  entre los peces.

Acandí, Sapzurro, pueblos

de lenta y verde belleza.

Puertas de sol que salmodian

bajo la luz de la tarde.

su ondulante ritmo negro.

 

Hoy sólo recuerdos quedan

entre tu luz y mi ausencia.

Recuerdo y melancolía.

Porque añoramos las cosas

cuando ya no las tenemos,

pero en su plena vivencia

las encontramos tan cerca,

que nos parece imposible

que un día, tan sólo sean 

viejos retazos de vida

fugándose del cerebro.

 

Tu voz me llega del recuerdo…

tu voz de siempre,

con sus tonos oscuros

que inflamó mis deseos.

Tu imagen blanca y voluptuosa

y tu boca, ambiciosa de besos.

 

Vuelven las noches hondas…

Veleros donde iba la música

Como una ola

sacando del tiempo.

Te recobro en las lunas

de mi errancia,

y te alzas en las sombras

de todos mis sentidos

como una cruz de fuego.

 

Reincido en las palabras

de la canción antigua

—Luna azul de tus sueños—

que me arrastran de nuevo

hacia el mar de tu cuerpo.

¡Tu hermoso cuerpo blanca!

El gran surco fecundo

donde sembré mi cuerpo.

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