Invitados

MARIA PAZ GÓMEZ

 

Pereira, Risaralda,1985. Docente, periodista y editora independiente. Cronista de medios nacionales e internacionales. Reportajes publicados en el medio de comunicación Corresponsables (Madrid, España) y en La Tarde, El Diario, La Patria, Baudó AP (Eje Cafetero Colombiano). Recientemente: Co-autora y editora de la colección de libros "La Paz habita entre las palabras".

 

LIBRE DE PIEDRAS

 

El silencio es un trapecio,

un color que atravieso

para llegar hasta aquí: La palabra.

Las palabras más gastadas

son como paisajes que me entierran,

una música de bostezos

balbuceos.

Hay muertos en vida y muertos de palabra,

hay gritos como teléfonos sonando para nadie,

hay una guerra cotidiana y epidérmica

enseñándonos a desaprender la vida.

En tiempos así el dolor es nuestra mejor sonrisa,

hay que creer en la pedagogía de las lagrimas

en el ardor del pensamiento,

en la economía del atardecer

cuya ganancia es la noche,

en la sensualidad oculta o explicita de los cuerpos,

en una nueva piel que exista mientras dure la caricia.

Hay que morirse de vida

sin fallar en el intento.

Y no me miren así

señores con esos ojos de pez.

El que el que esté libre de piedras

que tire el primer pecado.

 

 

AQUÍ ESTÁN LAS PALABRAS

 

Hay verbos que son como un licor quemándote los labios

y aquí están las palabras

eternizando el deseo,

acentuando su ausencia,

su roja palidez

su nación de pálpitos.

Hay un reloj detenido en la cuartilla

cierra los ojos y echa andar.

La poesía es un delirio sin censura resignado a nombrarte,

reposando en cualquier labio que se entregue a la pérdida del paraíso

Los viejos se duermen en los parques

los amantes se besan

los niños juegan

los poetas creen serlo mientras los miran

pero no hay palabras que los sostengan

hay solo la pérdida.

Por eso escribo, trazo, signo, repito

torturo el alfabeto para que sepa de mí,

de este cuerpo envuelto en otros.

Sentencio al dios que dijo

que en el principio fue el verbo

y después nos arrojó a un largo silencio de manos apretadas

a un deseo envejecido,

a un remedo de amor.

Dios es siempre de los otros

quizás por eso lo buscamos

en el grávido vacío de una idea

con la que vestimos la nada.