Invitados

JOSÉ MÁRMOL

 

José Mármol Poeta y ensayista. Nació en Santo Domingo, República Dominicana, en 1960. Estudió licenciatura en Filosofía (UASD), posgrado en Lingüística Aplicada (INTEC) y Maestría en Filosofía en un Mundo Global (UPV, España). Ph. D. en Filosofía por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU). Fundador, en 1985, de la Colección Egro de Literatura Dominicana Contemporánea. Premio Anual Salomé Ureña de Poesía en 1987 y 2007; Premio Pedro Henríquez Ureña de Poesía en 1992; Premio Casa de Teatro de Poesía y Accésit al Premio Internacional de Poesía Eliseo Diego, revista Plural (México), en 1994; Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana, desde 2007; XII Premio Casa de América de Poesía Americana (España) en 2012; Premio de la Academia Dominicana de la Lengua 2012; Premio Nacional de Literatura (Ministerio de Cultura y Fundación Corripio, Inc.) en 2013. Profesor Honoris Causa de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), en 2013, y Person of the Year 2015, por Cannes Lions Dominicana.

Entre sus obras poéticas figuran: El ojo del arúspice (1984), La invención del día (1989), Lengua de paraíso (1992), Deus ex machina y otros poemas (2001) y Lenguaje del mar (2012). En prosa:  Ética del poeta (1997), Las pestes del lenguaje y otros ensayos (2004), El placer de lo nimio (2004), Cansancio del trópico (2005) y Defensa de la poesía: defensa de la vida (2012). Sobre su obra se han publicado: José Mármol, antología poética (Médar Serrata, 2004), Anatomía de un poeta. Aproximaciones críticas a José Mármol (Carlos X. Ardavin, 2005), El búho y la luna. Entrevistas a José Mármol (Basilio Belliard, 2005), y Viaje hacia el arúspice. Relectura de la obra de José Mármol (Mateo Morrison, 2015). Su obra cuenta con traducciones al inglés, francés, italiano y ruso.

 

Yo, la isla dividida

Yo, como la isla, 

rodeado de ti por todas partes, dividido.

Apagado. Compungido. A la sombra. 

Mientras tu rayo esplende como el aura temprana.

Me acomodo en el último pasillo del ocaso. 

Me contento con ser de la música el vacío

y de las palabras, cuando las pronuncias, 

apenas el asomo, dividido,

resquicio tal vez de aquel instante clave, inesperado, 

en que de la cosa el sentido se resbala 

y la vocal se arrulla y se cierran los labios  

y ya nada se dice ni ha quedado por decir.

Yo, como la isla siempre, 

ahora sin ti, 

rodeado de mi propio animal por todas partes.

 

Nervadura

 

Nervadura y temblor de la palabra escrita.

Hay acentos, lo sé.

El invierno estremece en sus alas lo callado

y el mundo es tan pequeño que cabe en una palabra.

Nervadura de un lenguaje de silencio y piedad.

La montaña contaba mis pasos y tu sombra se perdía.

Hay sonidos, lo sé.

Los lamentos del río atolondrado entre sus piedras.

El toque apresurado de la lluvia en los tejados.

Nervadura de los sueños en procura del poema.

Apocalipsis, pienso. Epifanía, digo.

Hay un ancestral relato de quejidos, lo sé.

Y la poesía se alza contra las amenazas,

los presagios de la muerte, la iracundia del misterio.

Pero, hay algo que no hay y que todavía no sé.

Algo que antecede a la luz sin ser oscuro.

Nervadura del tejido del arte y sus engendros. 

 

 

Escritura y lectura

A la hora irrepetible del milagro del poema, 

el tejido impreciso del idioma se moldea.

En la lenta aparición de las cosas nombradas, 

algo tremula allí, entre bosques de ictus arrasados,

en la muda ceremonia de la significación. 

Temeroso, escondido a veces de sí mismo,

ahí estaba él, ahí ardía yo.

Era la ebullición primigenia del poema,

la urdimbre del sentido, la quema de lo sido, 

y mi lector coloca, en su faenar de asombros, 

un trozo adicional de leña en la hoguera.